Decenas de residentes en Ramadi que hand ejado su casa, en el puente de Bellbez, el 20 de mayo. / SABAH ARAR (AFP) “No teníamos libertad; ni siquiera podía fumarme un cigarrillo”, responde Hamed cuando se le pregunta cómo le afectó la llegada del Estado Islámico (EI) a Ramadi , la capital de la provincia iraquí de Al Anbar. Puede parecer una nimiedad cuando uno se ha convertido en refugiado dentro de su propio país, pero da una idea del nivel de control social al que aspira el autoproclamado Califato. Como cientos de miles de iraquíes, Hamed y su familia terminaron abandonando su hogar cuando perdieron la esperanza de que las fuerzas gubernamentales pudieran frenar a los yihadistas. “En dos incursiones anteriores, nos refugiamos en un pueblo cercano y regresamos a Al Tamim [su barrio] días después, cuando el Ejército lo recuperó, pero cuando entraron el mes pasado ya no teníamos dinero y aguantamos dos semanas esperando a que volvieran los soldados”, explica Hamed sin ocul...