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La historia de Mohamed y su familia para escapar de Siria


«Yo tenía un nivel de vida alto. Por mis manos pasaba mucho dinero, iba a los mejores hoteles y bajo mis pies en el despacho tenía una alfombra de 3.000 dólares». Habla Mohamed, un ingeniero kurdo sirio de 48 años al que la guerra en su país ha empujado a pedir asilo junto a su familia en España. La vida les ha sorprendido con un giro de 180 grados, pero pueden contarlo. Temen en todo caso por que su identidad sea desvelada. Por eso ABC publica el relato de su particular odisea pero no el nombre de la familia ni sus rostros. Mohamed vive ahora junto a su mujer Tali, de 38 años, y sus hijas Avin, de 14, y Mariam, de 7, y su hijo Lionel, de 12, en un centro de acogida de refugiados de Getafe (Madrid) dependiente de la ONG Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). «Mi ilusión ahora es sacar adelante a mis hijos, que solo han visto guerra y sufrimiento y no han podido disfrutar de nada de lo que teníamos».

Tali, la madre, lo vive casi incrédula a pesar del paso de los meses desde que abandonaron el norte de Siria. «Nos sentimos como mendigos pidiendo hasta lo más básico». Sus miedos se multiplican. «Miedo por los niños, por el curso escolar que han perdido, por nuestra identidad... Miedo porque sabemos que nos van a acabar echando de este centro». Impulsados por la incertidumbre y las referencias de otros refugiados sirios, hace dos semanas trataron de volar hacia Dinamarca pero, aplicando la legalidad, la Policía les impidió embarcar en el aeropuerto. Ahora Tali desea «normalizar cuanto antes» su vida. «Tener una casa, convivir en familia y no compartir el centro con otras personas» como hacen ahora. «Nos gusta la ciudad pero vivir en Madrid no va a ser fácil porque las ayudas a una familia refugiada se mantienen por poco tiempo y somos conscientes de que hay mucho paro». «Las posibilidades de tener aquí una vida digna son pocas.Tenemos que competir con mucha gente afectada por la crisis», reconoce Mohamed.

Detrás dejaron en la convulsa ciudad de Alepo, escenario de encarnizados combates desde hace tres años, los restos de la fábrica de paneles solares en las que este ingeniero empleaba a una veintena de personas. El próspero negocio acabó devorado por las bombas. La familia decidió escapar cuando la situación se hizo insostenible en el norte del país, donde una macedonia de opositores armados, terroristas del Estado Islámico y el Ejército del presidente Bashar El Assad se disputan el poder. Mohamed organizó en 2012 la salida de 26 personas: su madre, sus hermanos y sus cuñados y los hijos de todos ellos. Primero subieron a Kobani, su ciudad de origen, situada junto a la frontera turca. De allí dieron el salto a Estambul, donde se asentaron en el mes de julio de ese año. «Fue necesario que trabajáramos, algunos hasta fregando platos porque nos habíamos gastado el dinero», explica mientras se coloca bien la corbata Mohamed, que, ante las dificultades de asentarse en Turquía, tenía en mente la siguiente etapa: Argelia. Gracias a su empresa había trabado buenas relaciones en ese país.
Bombardearon su casa

El goteo de familiares hacia el país magrebí fluyó según iban disponiendo de dinero, donde tampoco fue posible que encontraran acomodo por la imposibilidad de obtener la residencia, añade Mohamed, que no tenía pensado acabar en Europa. Estando en Argelia supieron que un bombardeo de Estados Unidos sobre los terroristas del Estado Islámico en Kobani había destruido su vivienda en esa ciudad en octubre de 2014. El 31 de diciembre las autoridades de Argel empiezan a exigirles visado, lo que definitivamente deja a la madre del ingeniero y a cuatro familiares más en Estambul. Ellos no han podido completar la última etapa antes de llegar a territorio europeo desde la provincia marroquí de Nador hasta la ciudad de Melilla.

De los 21, Mohamed fue el último en pisar territorio español. Fue el 21 de marzo de este año en compañía de uno de sus hijos. Su mujer lo había hecho dos horas antes en compañía de los otros dos. Detrás, reconoce, parte del dinero se quedó en manos de «traficantes». Por delante, la esperanza de dar una buena vida a los pequeños. «Antes teníamos un nivel de vida que podíamos darles de todo. Ahora no solo no podemos darles mucho de lo que piden como una paga, un teléfono móvil o llevarlos de paseo» y, además, «sentimos que nos ven con menos autoridad», comenta la madre. En la frontera española, pidieron asilo en la oficina abierta hace unos meses por el Gobierno español y fueron trasladados al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), donde permanecieron hasta que hace un mes fueron trasladados a la Península.

«Al llegar a Melilla todo era nuevo y extraño. Al principio sentimos cierta humillación al estar delante de la Policía. Pronto vimos que el trato de los agentes es así con todo el mundo, con los que llegamos y con los que viven aquí. Acabamos comprendiendo que somos muchos los que llegamos», añade Tali, la madre.
Día Mundial del Refugiado

Este sábado se celebra el Día Mundial del Refugiado, una jornada en la que se se trata de concienciar precisamente sobre el aumento de los flujos de personas que han de escapar de sus países por los motivos recogidos en la Convención de Ginebra (ser perseguido por motivo de nacionalidad, raza, religión o por pertenecer a un determinado grupo político o social). Frente al puñado de varios miles que han pasado por España, Líbano y Turquía acogen a más de tres millones de refugiados sirios.

Mohamed y su familia son cinco de los algo más de 6.000 demandantes de asilo sirios que han llegado a España en los últimos meses por Melilla. No vienen por motivos económicos sino porque necesitan deprotección internacional. Ser demandante de asilo significa la apertura de un proceso que probablemente acabe otorgándoles el estatuto de refugiados.

Dos habitaciones en ese centro de acogida de Getafe serán la vivienda de Mohamed y su familia durante seis meses. Durante este periodo, considerado la primera fase del proceso de integración, se les facilita la alimentación, las medicinas, la ropa, el transporte o el material escolar.Pero no tienen derecho a trabajar. Si después de ese tiempo siguen siendo considerados vulnerables, en una segunda fase de entre seis y nueve meses, ya fuera del centro y pudiendo buscar empleo, tienen derecho a un seguimiento a nivel social (jurídico, laboral y psicológico) así como una ayuda económica para vivienda y manutención. Sería posible una tercera fase de entre tres y seis meses en el que contarían con ayudas puntuales.

Ese tiempo inferior a dos años «no es suficiente» para afianzar la integración de esas personas en España, entiende Maritxu Mayoral, directora del centro de CEAR en Getafe, donde la mayoría de los más de cien residentes que acoge son demandantes de asilo sirios. Mayoral se refiere, esencialmente, al problema de «afrontar las principales dificultades, que son la de vivienda y trabajo», reconoce. «Lo ideal es normalizar cuanto antes la vida cotidiana de estas personas y que, para ellos, un sábado sea distinto de un lunes», sentencia.
Latifa, refugiada siria, junto a su hija Amira en el puerto de Melilla

Llegados a las instalaciones de Getafe a mediados de mayo, Mohamed y los suyos cuentan los días con enorme incertidumbre. A mediados de noviembre deberán irse del centro y empezar a ser más autónomos. Hacen sus pinitos con el castellano, pero el empeño que ponen no será suficiente para que en tan corto espacio de tiempo el padre dé con un trabajo. El hombre saca del bolsillo de su camisa un teléfono iphone 6, el último modelo de la marca Apple, y se lo muestra al reportero. «Lo compré en Argelia pero ahora lo tendré que vender».

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